domingo, octubre 19

Grandes huesos fósiles y gigantes imaginarios (5)

Por Heraclio Astudillo Pombo. DMACS-UdL


Interpretaciones antiguas, recogidas en la literatura griega, romana y grecorromana de la antigüedad (Continuación, 3ª parte).



Indicios e información explícita, sobre grandes huesos y osamentas gigantes, contenidas en tratados antiguos, de autores griegos, romanos y grecorromanos.
 


INTRODUCCIÓN

Como ya hemos adelantado en el capítulo anterior, además de los relatos bíblicos sobre gigantes del Antiguo Testamento, que ya hemos tratado en ese mismo capítulo, el otro tipo de fuentes de referencia, a las que se recurrió en la Antigüedad clásica y aún posteriormente, en la Edad Media y el Renacimiento, para intentar interpretar los grandes huesos y los enormes esqueletos que eran descubiertos, en las diversas regiones, por toda la cuenca mediterránea, fueron ciertos tipos de relatos escritos por autores griegos, romanos y grecorromanos que recogían observaciones sorprendentes y noticias sensacionalista sobre huesos y esqueletos prodigiosos. Desde el punto de vista literario se trataba de textos paradoxográficos. Este género literario, de tipo sensacionalista gozó, en la antigüedad clásica, de una extraordinaria popularidad entre todas las clases sociales, excepto entre los filosofos.


Este tipo literatura trataba de divulgar, entre otras cosas maravillosas del mundo conocido, los descubrimientos prodigiosos de grandísimos esqueletos, de grandes huesos y de enormes sepulcros y tumbas de héroes y de gigantes, de la antigüedad mítica. Algunos de ellos también hacían referencia a la existencia de grandes restos óseos que eran exhibidos y, en muchos caso, venerados en ciertos santuarios y templos griegos.

Todos los autores de este tipo de literatura, acostumbran a presentar los hechos considerados prodigiosos, mediante relatos, supuestamente, veraces, cuya fiabilidad debía aceptarse porque estaba basada, unas veces, en la autoridad de prestigiosos autores anteriores, en otras, porque se trataba de observaciones personales del autor y, en otras, porque eran noticias aportadas por exploradores, mercaderes y viajeros que habían estado en lugares más o menos remotos, informantes que no siempre eran testimonios directos de lo que describían. En la mayor parte de los casos, las descripciones acostumbraban a aparecer distorsionadas por dosis variables de exageración o de fantasía y en otros, por interpretaciones honestas, pero erróneas o legendarias, puesto que estaban fuertemente influídas por ciertas creencias míticas, profundamente arraigadas en la mentalidad de la época.

Las fuentes grecorromanas, consistían en tratados geográficos o históricos, biografías de hombres ilustres, crónicas de exploraciones y de viajes, que aunque no estaban, estrictamente, relacionadas con la religión o la mitología, como en el caso de las fuentes básicamente mitológicas, seguían manteniendo los mismos planteamientos fabulosos y reafirmando las mismas explicaciones legendarias, puesto que, también, sostenían que los gigantes y los héroes míticos habían existido realmente y se habían enfrentado, en la antigüedad, en una lucha a muerte, sin ningún género de duda, "puesto que sus huesos podían verse en muchos lugares del mundo".

Incluso señalaban los lugares en los que se habría producido combates míticos o hallado tumbas ciclópeas, de héroes y de gigantes míticos, conteniendo colosales esqueletos, supuestamente pertenecientes a ciertos personajes que, en aquel tiempo, eran considerados como absolutamente históricos.

Aunque los hallazgos de grandes huesos, citados por las fuentes grecorromanas, se produjeron a lo largo de todos los países del litoral mediterráneo, fueron especialmente abundantes y relevantes, en los de la mitad oriental de la cuenca mediterránea.

Algunos de los relatos contenían abundante información sobre diversos lugares en los que se podían visitar grandes túmulos i monumentos megalíticos, considerados entonces como sepulcros de gigantes y héroes o ciertos santuarios, templos, palacios y villas de recreo, en los que se guardaban huesos de diversos héroes y gigantes que podían ser admirados o venerados como reliquias de antaño, expuestas a la credulidad y curiosidad de los visitantes.

Este tipo de relatos y los huesos a los que se referían, promovieron la práctica de peregrinaciones de tipo patriótico-religioso entre los griegos y grecorromanos y los viajes de tipo turístico-histórico, entre los romanos, hasta los lugares donde podían observarse algunas grandes reliquias óseas de la antigüedad.





LA ISLA DE LOS GIGANTES DE UN SÓLO OJO.


Homero, en el siglo VIII a. C., describe en La Odisea, canto 9, versos 574-589, el enfrentamiento de Ulises-Odiseo, astuto rey de Ítaca y sus guerreros, contra un gigante antropófago, como si se tratara de un hecho, verdaderamente, histórico, sucedido 450 años antes, cuando navegaban de regres a sus hogares, en la isla de Ítaca, una vez finalizada la guerra de Troya.
Homero describe, detalladamente, al gigante Polifemo que habitaba en una isla mediterránea, como uno de los miembros de una tribu de ogros primitivos que ejercían como pastores y tenía su vivienda y redil, en el interior de cuevas costeras, devoradores de humanos, una particularidad es que estaban dotados de un sólo ojo frontal . 


“Odiseo en la cueva del gigante Polifemo”; pintura de Jacob Jordaens, s. XVII. Se puede apreciar que la estatura del gigante es casi el doble de la de los humanos, se le suponía una altura de unos 2,5-3 m.
Imagen: Polifemo

En el siglo XX, los paleontólogos han hallado en las cuevas costeras de algunas islas del Mediterráneo central y oriental (Cerdeña, Sicilia, Malta, Creta, Chipre, islas Cícladas y del Dodecaneso), los huesos de elefantes primitivos de pequeña estatura, descendientes del gran elefante antiguo, continental (Elephas anticus), del Plioceno. Los restos hallados corresponden a elefantes enanos (E. mnaidriensis, E. melitensis, E. a. leonardii, etc.) y a elefantes pigmeos (E. falconeri) que acostumbran a estar acompañados de otros restos de fauna de igual o menor talla que compartió con ellos esos territorios insulares, en el Pleistoceno, hace unos 500. 000 años.

Representación de un ejemplar de elefante insular pigmeo, macho y adulto (Elephas falconeri) en posición cuadrupeda, junto a una muchacha de estatura normal, ilustración realista que sirve para para hacerse una idea de sus dimensiones relativas.
Si el elefante estubiera en posición bípeda, resultaría algo más alto que la humana y por tanto los restos de su esqueleto, podrían llegar a ser considerados como los huesos de un "pequeño gigante", de tan sólo 2,30 a 2,50 m. de altura, tal como sugiere la historiadora y folklorista de la Antigüedad clásica, Adrienne Mayor.


Hans Brinkerink, del Museo de Historia Natural de Rotterdam (Holanda), junto a una reproducción de un un individuo perteneciente a la especie de elefantes enanos "grandes" (Elephas mnaidriensis), en posición cuadrúpeda, la gran talla se debe a que es un adulto macho las hembras eran más pequeñas
Si el elefante estubiera en posición bípeda, resultaría mucho más alto que el humano y por tanto los restos de su esqueleto, podrían ser considerados como los huesos de un verdadero gigante, de 4 a 5 m. de altura, tal como sugiere la historiadora y folklorista de la Antigüedad, Adrienne Mayor.
Modelo reconstruido a partir de restos esqueléticos procedentes de la isla griega de Tilos. Puede apreciarse el tamaño relativo entre proboscídeo y humano.
Imagen: [foto original de: Dick Mol] http://www.nmr.nl/nmr/pages/showPage.do?instanceid=14&itemid=154&style=default


Si tenemos en cuenta que para los griegos del siglo IX a. C., cualquier tipo de elefante, resultaba ser un tipo de animal, completamente, desconocido, el hallazgo de restos de esqueletos de elefantes enanos que, además, por ser animales plantígrados, los huesos de sus extremidades, se asemejan suficientemente, a los de los humanos, se comprenderá que aquellos grandes huesos, vistos con los ojos de los griegos de aquella época, se prestaban a ser confundidos, facilmente, con los de algún tipo de gigante mitológico.


Posiblemente la visión de estos conjuntos cavernarios, de restos óseos, en los que destacaban grandes calaveras, aparentemente, con una sola cuenca ocular en posición frontal, quizás fueron interpretados por los antiguos griegos, como auténticas necrópolis ciclópeas. Esta falsa interpretación, tal como sugirió el paleontólogo austriaco, Othenio Abel, habría podido ser el hecho desencadenante que inspiró la invención de las leyendas sobre peligrosos gigantes antropófagos, dotados de un solo ojo que habitaban en ciertas islas y que se refugiaban, junto con sus rebaños, en las cuevas cercanas a la costa, a los primeros descubridores de las grandes osamentas, los supersticiosos navegantes griegos, de los siglos X y IX a. C., muy influidos por la mitología griega, poblada de gigantes y monstruos.

Aspecto vagamente simiesco, y por tanto antropomórfico, de un pequeño esqueleto de elefante pigmeo (Elephas falconeri), perteneciente a una hembra joven, reconstruido a partir de restos hallados en Malta.
Nótese, en la parte anterior del cráneo, el orificio nasal, con una una cierta semejanza con lo que podría ser una posible cuenca ocular única, situada en posición frontal.





LOS HUESOS DEL HÉROE ESPARTANO ORESTES, ASTUTAMENTE RECUPERADOS.


Heródoto de Halicarnaso, en el siglo V a. C., describe en Historias, libro 1, cap. 68, que durante una larga guerra que, hacia el año 560 a.C., mantenían los espartanos contra los habitantes de la ciudad arcadia de Tegea, como los espartanos no conseguían vencer a sus enemigos en el campo de batalla, enviaron una delegación a consultar al oráculo de Delfos, para saber como podían congraciarse con los dioses para que éstos les diesen la victoria.
La solución era conseguir hallar los huesos del antiguo héroe espartano Orestes que estaban enterrados en algún lugar, ignorado, de Tegea. Se realizan distintas misiones con el objetivo de encontrar los huesos de Orestes, desenterrarlos secretamente, y llevárselos disimuladamente hasta Esparta, sin éxito alguno. Finalmente, Licas, un soldado veterano, recién retirado de la caballería espartana, se infiltra en Tegea y gracias a la buena suerte y la astucia, consigue su objetivo, localiza un ataúd de 3 m., que contiene un enorme esqueleto, sustrae los huesos y los hace llegar a Esparta. Los dioses, complacidos, premian a los espartanos, con la victoria sobre sus enemigos tegeos.


En tiempos modernos los arqueólogos y paleontólogos que han realizado excavaciones en la misma zona, donde en la antigüedad estuvo ubicada la ciudad arcadia de Tegea, han descubierto abundantes restos óseos de proboscidios: elefante antiguo (Elephas (Palaeoloxodon) antiquus) del Pleistoceno Medio, mamut lanudo (Mammuthus primigenius) del Pleistoceno, mastodonte de Auvernia (Anancus arvernensis) del Mioceno superior al Pleistoceno.

Posiblemente, el famoso esqueleto del famoso hijo, del famoso Agamenón, era un simple esqueleto de proboscidio pleistoceno, tal como sugiere George Huxley, que supone que había sido inhumado con todos los honores, por una confusión del mismo tipo, entre el siglo VIII y VII a. C., que es cuando, al parecer, se inicia el culto a las megareliquias óseas de los héroes locales, en el Peloponeso.

Aspecto vagamente antropomófico del esqueleto, desarticulado, de un gran elefante africano (Loxodonta africana), actual. Todos los huesos aparecen organizados, en posición horizontal, antes de proceder a la limpieza, previa al ensamblaje del montaje articulado, para su posterior exposición en un museo de zoología.
El tamaño del taxidermista, agachado junto al cráneo, da una idea del tamaño relativo de ambos. Dada la relativa semejanza, entre esqueletos de proboscidios y de humanos, es obvio que en el caso del hallazgo de un conjunto de huesos semejantes a estos, es muy probable que tales huesos, fuesen confundidos con los de un gran gigante, en su tumba. 
Imagen: Loxodonta africana