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sábado, febrero 28

Sobre los diversos y extraños nombres de los fósiles (1).

por Heraclio Astudillo Pombo. DMACS-UdL


Introducción a las diversas nomenclaturas utilizadas para la denominación de los fósiles.

Como ya hemos dicho en ocasiones anteriores, aquellos fósiles que aflorando en lugares, situados en la proximidad de rutas de paso o de asentamientos humanos, consiguieron atraer la atención de la gente, por alguna característica destacable, como pudo ser su forma curiosa, su llamativo color, los reflejos de su brillo, su anormal tamaño, su extraordinaria abundancia o su extrema rareza, en general, llegaron a ser considerados como objetos dignos de curiosidad y, posteriormente, algunos de ellos adquirieron alguna forma de utilidad social (mítica, mágica, ornamental, toponímica, etc.) , por la que llegaron a constituir objetos de interés y, en consecuencia, tuvieron que ser identificados por medio de una o más denominaciones, en las lenguas propias de sus descubridores o usuarios.

La relación nominativa, entre los humanos y los fósiles, seguramente, lleva reproduciéndose y manteniéndose, desde hace miles de años, puesto que tenemos constancia de su existencia, a través de diversos textos de la antigüedad clásica grecorromana, cuya información, se ha conservado hasta nuestros días, gracias a las sucesivas traducciones de las obras originales. Éste sería el caso de diversos lapidarios antiguos que aparecen recogidos en ciertos tratados de medicina, como el de "Remedios medicinales" de Dioscórides (s. I d.C.), de ciertos compendios de geografía universal, como la "Geografía" de Estrabón (s. I a.C.) o la "Historia Natural" de Plinio "El Viejo" (s. I d.C.), en éste último, se recogen los nombres y descripciones de, al menos, 29 tipos distintos de fósiles (Liñán, 2005).


Portada de la edición castellana, de 1629, de la Historia Natural de Plinio. Es este tomo, el segundo, el que contiene la mayoría de sus descripciones paleontológicas, conocidas en su tiempo como "piedras" o"gemas", según sus usos y supuestas propiedades terapéuticas.
La Historia Natural de Plinio fue considerada una obra cumbre del saber y el fundamento para cualquier estudio relacionado con la historia natural, hasta el siglo XVIII. En esa época se habían realizado más de doscientas ediciones, en latín y en otras lenguas modernas, incluyendo la de la primera traducción al castellano, realizada por el médico de Felipe IV, Gerónimo de Huerta, en 1624.

Imagen: http://milksci.unizar.es/miner/biblio/plinio1.jpg


De lo dicho, anteriormente, se debe deducir que sólo unos pocos tipos de fósiles, de entre todos los conicidos en un país determinado, han conseguido obtener nombres particulares, por medio de los cuales han sido, denominados y conocidos, en su región de procedencia, en ciertas épocas. Poseer un nombre, les ha servido a los fósiles más o menos valorados socialmente, para integrarse y formar parte de la cultura local o regional, formando parte de la categoría de los fósiles que pueden ser diferenciados y reconocidos y, sobre todo, segregados de aquellos otros que por al haber sido considerados "inútiles" carecían de motivos de interés, para los pobladores de la zona, por lo que no se hizo necesario otorgarles ningún nombre, razón por la cual han permanecido "invisibles etnográficamente y lingüísticamente", puesto que hasta épocas recientes la premisa de que "aquello que no tiene nobre no existe y vicebersa" era una verdad infalible para la gente común.



MUDANZAS NOMINALES DEBIDAS AL PASO DEL TIEMPO Y DE LA HISTORIA.

Pero el nombre de los fósiles, como el de todas las demás cosas, no ha permanecido inmutable a lo largo del tiempo sino que ha ido cambiando con el trascurrir del tiempo, por efecto de la natural evolución o la artificial imposición o substitución del idioma regional, pero también por los cambios culturales que las sucesivas conquistas e invasiones, de esos mismos territorios, por parte de otros pueblos de cultura distinta, han ido induciendo en las sociedades afectadas por las sucesivas mudanzas no sólo de la lengua sino también de los demás usos y costumbres sociales. Un ejemplo de lo anterior serían las sucesivas etapas de iberización, celtización, euskerización, helenización, romanización, germanización, arabización, castellanización, catalización, etc., de los diversos territorios peninsulares y su influencia sobre la lengua y las costumbres propias de las gentes de esos mismos territorios, situación que se pone de manifiesto en relación a las diversas denominaciones locales y regionales, asignadas a los fósiles autóctonos y alóctonos. Éste es, precisamente un aspecto de la Paleontología cultural y de la Etnopaleontología, ibéricas, que puede resultar especialmente interesante para l@s filólog@s, en su afán de esclarecer aspectos etimológicos y geolingüísticos.

Tomemos como ejemplo, las denominaciones populares, de que disponemos en el momento presente, usadas hasta mediados del siglo pasado para designar a los erizos cretácicos del género Micraster, en tres zonas españolas, muy próximas geográficamente, pero no tanto culturalmente, ya que unas son de influencia cultural castellana y las otras de influencia cultural euskérica. En general se trataba de Micraster coranginum, que es una especie muy frecuente en esos territorios, de la que vemos que recibía nombres vulgares muy variados, con motivaciones muy diferentes y en dos lenguas distintas.

El aspecto acorazonado y la marca de cruz, típicos en los equínidos fósiles de la especie Micraster coranginum, son dos características que han dado origen, en el pasado reciente, a diversas creencias, usos y leyendas populares, algunas de las cuales, posiblemente, hundían sus raices hasta la prehistoria.

Imagen: http://www.hontzamuseoa.com/7-Paleonto.htm



En Álava se les daba los siguientes nombres : “arañas” y “erizos”, en Lagrán, piedra de santa Catalina”, en Trespuentes, "piedras de judío" en Garayo y en Heredia y piedras de san Esteban” y piedras matacristos” o "matacristos", en otras varias localidades alavesas, de momento indeterminadas; “piedras rayo”, en Uzquiano y “rayos”, en la villa de Contrasta.

En Guipúzcoa, en Andoaín se les llamaba "Santiagoren arriak" y "Santiago Matamorosen arriak", mientras que en Oñate, se les conocía como “Sandailliren arriak” o “Sandailiren arriak”.

En Navarra, en la zona vasco-navarra, se les denominaba “calbarros” y “galbarros”, en las Améscoas Alta y Baja; “calvarros” en Aranarache y Zudaire (Améscoa Alta), Ekala y San Martín (Améscoa Baja); “calvarris” en Eulate (Améscoa Alta); “calvorros” en Galdeano (Valle de Allin); Jainkoaren arriya” y “Jangoikoen arriya” en Urdiain; piedras de santa Lucía ySanta Lutziaren arriak” en Aramendia, Galdeano y Muneta (Valle de Allin) ; "cantellas", "centellas", “ramaskilluak” en el Valle de Araquil; “piedras que los cristianos utilizaban contra los moros” en Abarzuza, (Valle de Yerri) y en Muneta, (valle de Allín); Santiago arriak”, en el noroeste de Navarra, pero también "Santiyo arriya" en Bakaikoa e Iturmendi, en el valle de la Burunda; “Santiyo arri” y "Santiyo arriya" en Etxarri Aranaz; sorgin arriak” o “sorrin arriak”, en Lizarraga (Valle de Ergoiena). También, en la comarca de La Barranca, conocida en euskera como la Sakana, y sin que dispongamos de información sobre localidades concretas, eran denominados "santikuarri"

Para personas interesadas en conocer más detalles etnográficos asociados las denominaciones anteriormente citadas, consúltese: NAVARRA (1) NAVARRA (2) y NAVARRA (3)



SOBRE LAS DIFERENTES CATEGORÍAS DE LOS NOMBRES ASIGNADOS A LOS FÓSILES.

El interés humano por ciertos tipos de fósiles que como ya hemos mencionado antes, se debe remontar a tiempos antiquísimos y a personas de diversa categoría social, debe haber determinado que las denominaciones de los fósiles hayan sido realizadas por personas pertenecientes a distintas capas sociales, circunstancias que habrían podido determinar que los distintos nombres que fueron impuestos a un mismo tipo de fósil, reflejaran las creencias o usos asociados al mismo y la amplitud de conocimientos que poseía su denominador original.

Los nombres de fósiles que han sido creados por personas "del pueblo" que poseían escasos o nulos conocimientos eruditos y que muchas veces se basaban en fundamentos de tipo morfológico, utilitario o legendario, se dice que son "nombres vulgares" pues se hace referencia al hecho de que se trata de denominaciones que han sido creadas por "el vulgo", también se les llama "nombres populares" y han sido creados, usando la lengua vulgar o del pueblo.

Los nombres de fósiles que fueron creados por personas que poseían una gran cantidad de conocimientos eruditos y que muchas veces estaban basados en fundamentos de tipo morfológico, utilitario, histórico, pseudohistórico, filológico o mítico, se dicen que son "nombres cultos" pues se hace referencia al hecho de que se trata de denominaciones que han sido creadas por personas pertenecientes a las élites, posedoras de amplios conocimientos, también se les llama "nombres eruditos" y han sido creados, usando las lenguas de mayor prestigio social del momento: griego, latín, francés, etc.

Los nombres de fósiles que han sido creados por personas que eran posedoras de una gran cantidad de conocimientos de tipo naturalista (biológico y geológico) y que estaban basados en razonamientos de tipo morfológico, anatómico (anatomía comparada) , se dicen que son "nombres científicos" pues han sido creados por personas dedicadas al estudio de la naturaleza y han sido creados, usando ciertas convenciones lingüísticas y las lenguas de mayor prestigio social en el momento de sus origenes, el siglo XVIII, el griego y el latín.

Tomemos como ejemplo a estudiar, unas singulares piedras alargadas, lisas, de sección más o menos circular y estructura interna radiada que cuando se presentan, más o menos enteras, muestran uno de los extremos puntiagudo y el otro recto. Las más pequeñas son semejantes a una clavija, punta o clavo. Las medianas se asemejan a una punta cilíndrica de flecha o dardo y las mayores, a una punta de javalina o de lanza. También hay otros autores, que les han encontrado parecido con penes, con dedos índices de humanos o de otros seres imaginarios, también con candelas espectrales, cigarros diabólicos, balas, etc. En el caso particular, de algunos tipos de rostros de forma espatulada, se les ha encontrado parecido con dedos pulgares humanos y con otros objetos. Estas semejanzas y la capacidad de fabulación humana, han dado origen a diversos nombres más o menos descriptivos que se les han sido aplicado en diversos lugares geográficos y épocas históricas.

Aspecto externo de cinco ejemplares de rostros fosilizados de Acrocoelites tripartitus, procedentes del Toarciense inferior (Jurásico inferior) de Francia.

Imagen: http://www.geocities.com/jurfossil/bel6.jpg



En el siglo I, Plinio "El Viejo" en el lapidario, contenido en Historia Natural, en el libro 37, párrafo 61, menciona este tipo de piedras como "lapis Dactylus Idaeus", es decir la "piedra dedo del (monte) Ida".

En el siglo VI, Isidoro de Sevilla, en el lapidario, contenido en Las Etimologias, 16.14.392, menciona una piedra interesante por sus supuestas virtudes medicinales, llamadas "lapis idaeus dactylus", el nombre y usos fueron tomados del lapidario de Plinio El Viejo.

En el siglo XVI, en 1546, Georgius Agricola (Georg Bauer), en Sobre la naturaleza de los fósiles, en realidad era un tratado de mineralogía, menciona la misma piedra dándoles un nuevo nombre creado por él mismo: "lapis belemnites", es decir la "piedra con forma de dardo".

En 1565, Conrad Gesner en Sobre los fósiles, las piedras y las gemas asocia, por primera vez en un libro, una imagen concreta al nombre del "lapis belemnites" y de otras "piedras figuradas", con lo que a partir de este momento y gracias a esta obra habrá menos confusiones entre nombre cultos y objeto fósiles.


Ilustración del libro de Gesner, en la que aparecen representados, diversos fragmentos de rostros fosilizados de belemnites


En el siglo XVII, en 1664, Boetius (Anselmus Boëtius de Boodt) en El Joyero perfecto o Historia de las gemas, el último gran lapidario de occidente, menciona que el "lapis belemnites" que está dotado de ciertas virtudes y diversos usos medicinales, también es conocido en Europa como "ceraunites", "coracias", "corybantes", "dactylus idaeus" y "lincurius".

En 1678, Martin Lister, en una carta a la Royal Society de londres, denomina a los belemnites "Lapides turbinati non spirati".

En el siglo XVIII, en 1747 Carlos Linneo, en su "Sistema de la Naturaleza" ya no cita a los belemnites como una piedra con propiedades especiales y usos medicinales, sino como los restos petrificados de un tipo de animales marinos indeterminados, formando parte del Reino Mineralia y como parte del grupo de los denominados "Helmintolithus" o " petrificaciones con forma de gusano" y constituyendo un género zoológico fósil, concretamente, el de los Belemnites.

En 1754, fray José Torrubia, uno de los padres fundadores de la paleontología española, en una carta a la Société Géologique de France, informa que ha encontrado Belemnites en España.

En esta breve sucesión histórica, podemos ver como las denominaciones eruditas o nombres cultos de un tipo de fósiles, con el paso del tiempo ha ido pasando por una serie de cambios, para finalmente, dar lugar a la formación de un antiguo nombre científico genérico: Belemnites, denominación científica que actualmente ya casi no está vigente, pero que ha dado origen, en diversos idiomas, a un nombre común: belemnites y cuyo prefijo "belemn-" ha sido utilizado para crear además del mencionado y popular Belemnites, otros varios nombres científicos genéricos: Belemnella, Belemnitella, Belemnopsis, etc., en los que reubicar a una gran parte de los que antiguamente constituían el género Belemnites.

Simultaneamente, al proceso antes relatado, la gente del pueblo ha estado creando y usando, para nombrar a esas mismas "piedras", diversos nombres alternativos, la mayoría de esas denominacion populares se han perdido para la posteridad, puesto que nunca han sido registradas en ningún documentos escritos. A pesar de todo, conocemos unos pocos nombres vulgares, por aparecer recogidos en diversos documentos escritos de los últimos siglos o por haberse conservado en el léxico del lenguaje rural.

Sabemos que hasta mediados del siglo pasado, en una gran parte de Epaña, a los diversos tipos de belemnites, se les conocía por el nombre vulgar de "balas de moro" (Andalucía, Aragón, Castilla-León), "balas de piedra" (Alicante), "balines" (Zaragoza), "pitones" (Guadalajara) y en zonas catalanoparlantes como "bales de moro" (Cataluña, Baleares y Valencia) y "puntes de fletxa" (Mallorca). También sabemos que con anterioridad, se las había conocido como “bordones” o “bordones de Santiago”,hierros de lanza” (La Rioja) o como “Santiagoren erromeroen pordoi arri” y “Santiyago’ren bordoi-makil-puskaren arri” (Guipúzcoa) y también como "puntas de rayo" o "piedras de rayo" en diversas zonas castellanohablantes y en las zonas catalanófonas como "pedres de llamp".


CRÓNICA DE UNA PÉRDIDA EN EL PATRIMONIO ETNOGRÁFICO ESPAÑOL.

En la actualidad, los fósiles ibéricos estudiados por la ciencia y recogidos por el lenguaje común, pueden llegar a gozar de hasta, tres o cuatro tipos de denominaciones distintas: un nombre científico (de uso universal), un nombre común (de uso supraregional), algún nombre vulgarizado (de uso regional) y diversos nombres vulgares (de uso local), y hemos dicho "pueden", porque bastantes de ellos, en la actualidad, han perdido sus viejos nombres vulgares ancestrales y no disponen de ningún nombre común, y a veces tampoco de ni de ningún nombre vulgarizado, alternativos y los nombres científicos resultan demasiado exóticos para el lenguaje común.

Una de las razones de la perdida de una gran parte del léxico naturalista español, incluídos los nombres vulgares de los fósiles, debe buscarse en el éxodo de los habitantes del campo a la ciudad, movimiento de población iniciado en la inmediata posguerra del siglo pasado y generalizado luego, con el inicio de la industrialización de ciertas comarcas del país. Una gran parte de la población rural española pobre, tuvo que desplazarse desde sus comarcas originarias hacia las ciudades de las zonas industrializadas, muchas veces bastante alejadas no sólo geograficamente sino también culturalmente, con lo que los nombres de muchas cosas de la naturaleza, entre ellas los nombres de los fósiles que fuera de su contexto social y territorial, originales, dejaron de tener utilidad, fueron perdiendo importancia y dejando de tener sentido y significado, por la falta de uso, cayendo finalmente en el olvido.

Al trasladarse a ciudades en regiones lejanas, los emigrantes pobres, no sólo tuvieron que renunciar a su entorno propio sociocultural, sino que para adaptarse a su nuevo medio, también tuvieron que abandonar la mayor parte de su antigua cultura rural. Imagen: http://aruasjf.files.wordpress.com/2008/11/emigrantes.jpg


Pero hoy día observamos, en las zonas rurales cuya población no se ha visto afectada por los procesos de emigración que hemos comentado, que los nombres vulgares tradicionales de los fósiles, también se han perdido. En este caso las causas deben buscarse en el efecto modernizador de la escolarización obligatoria y de la divulgación científica, ejercida por los medios de comunicación de masas. Comprobamos que la mayoría de la población, reconoce que muchas “piedras”, con características muy particulares, en realidad son "fósiles" e incluso que muchas personas de una cierta edad, usan, apropiadamente, los "nombres cultos" o "nombres científicos vulgarizados", de los fósiles más comunes, denominaciones tales como: amonites, belenites, numulites, pisadas de dinosaurio, etc. Pero, al mismo tiempo, desconocen o ignoran los nombres vulgares tradicionales que poseían, hace cuarenta o cincuenta años, esos mismos fósiles. Posiblemente, una de las causas principales de este olvido, sea que, con frecuencia, los nombres populares aparecían lastrados por adjetivos legendarios o estaban vinculados a creencias o usos, considerados supersticiosos. Ambas circunstancias casan mal con la idea de progreso cultural propio de la modernidad, de manera que en la década de 1960, en que había un gran afan de modernización cultural (pero también religiosa y política) este tipo de nombres tradicionales, pasaron a la categoría de léxico rural, totalmente acientífico y completamente anticuado que debía ser abandonado y olvidado con la mayor rapidez posible, en la mayoría de los casos, sin que folcloristas, etnógrafos y filólogos, tuviesen tiempo de conocerlos, estudiarlos y registrarlos.


LA ETNOPALEONTOLOGIA Y LA BÚSQUEDA DE LOS NOMBRES VULGARES DE LOS FÓSILES.

Si el investigador etnopaleontológico quiere conocer, en la actualidad, algunos aspectos culturales asociados a algunos de los fósiles, de un lugar determinado, como pueden ser los datos de interés filológico (nombres vulgares y variantes, topónimos inducidos, fraseología, etc.) o de interés etnográfico (creencias, leyendas, costumbres, usos, etc.), a parte de las consultas documentales convencionales, de artículos y libros especializados, también deberá recurrir a buscar a los más viejos de la localidad, para contactar con ellos acompañado por algún intermediario local que rebaje los niveles de natural desconfianza hacia los forasteros preguntones. Desarrollados los niveles de empatía suficientes (mínimos) deberá aprestarse a hurgar en su memoria, mediante un interrogatorio más o menos hábil, basado en un cuestionario abierto, sabiendo que obtendrá unos resultados que no siempre satisfacen las expectativas del estudioso, pues en unas ocasiones, las fuentes orales ocultan los nombres vulgares, por estar asociados con creencias y prácticas que consideran demasiado "primitivas" o "privadas", de las que muchos de los lugareños se avergüenzan por considerarlas indicadoras de atraso cultural, la solución puede estar en alpliar el nivel de empatía o el número de informantes. Desgraciadamente, en otras ocasiones, la causa de la falta de datos no es la vergüenza sino los estragos de la vejez, puesto que la carcoma de la senilidad, puede haber devorado grandes retazos de los recuerdos de l@s informador@s, incluso, parte de sus recuerdos de infancia y juventud, en los que se conservaban los nombres vulgares antiguos de los fósiles, juntamente con otros conocimientos de interés lingüístico y etnográfico. Tal vez, hemos llegado demasiado tarde...

Pequeño grupo de ancianos, típico de un entorno rural. Hoy día son los únicos depositarios de las antiguas costumbres del lugar y cuya memoria, a veces, conserva información acumulada que alcanza hasta los dos siglos anteriores y que si el forastero les cae bien, quizá estarán dispuestos a entablar conversación con el visitante, para informarle sobre algunos aspectos particulares de los usos y costumbres del siglo XIX y XX, típicos de la localidad.